Ahí afuera el mundo desaparece bajo un manto de niebla hambrienta de luces austeras, de farolas tenues en pueblos pequeños; de sonidos, de destellos, de estrellas colgadas de viejos recuerdos.

De olores, pues se traga el humo de cocinas y fuegos y los mezcla con su propia esencia para hacerse más grande, más densa, más alta.

Y en mi ventana, una polilla agarrada al cristal, quizá luchando por llegar a la única luz que alcanza a ver.

Y en mi cama me agarro al pensamiento de que quizá pueda soñar durmiendo en vez de hacerlo despierto, pues hacerlo con los ojos abiertos denota anhelo o deseo, y no tengo más deseo que dejar de desear.

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Días de borrasca.

Mañanas oscuras, nubladas, con jirones de niebla arrancadas a las cimas de los montes que quedan a la vista. Viento cortante, árboles cantarines, un raitán saludando y la nevera vacía. Café en mano, cigarro en boca, gorra en la cabeza pues me la he rapado y el frío en el cuerpo que me hace desear volver a la cama.

Un caqui sin hojas, pero con frutos. Esa es mi única concesión a la navidad, pero sin quererlo.

Hierba creciendo lentamente, manzanos durmiendo, robles agarrándose el follaje como pueden, sin demasiado éxito. Caminos hechos por jabalís, arrendajos volando, un aguilucho acechando y topillos escondidos.

Cocina de leña encendida, Vero ladrando, Oso corriendo y Tina dormitando.

Días de borrasca por dentro.

Miedo.

Tengo miedo de dormirme por soñarte y despertar después, viendo que el peso al otro lado de mi cama no es más que el de mis anhelos. Pues soñar sale barato, que no gratis, y pasa factura. 

Tengo miedo de dejar pasar los días sin saber nada de ti, y de no dejarlos pasar sabiéndote con otro.

Tengo miedo de que llegue el otoño, y la lluvia me encuentre plantado a la puerta de un momento pasado que se repite constantemente. De que las hojas caigan al ritmo de mis suspiros, que me guardo para mí, por no asustarte y perder lo que no tenemos.

Tengo miedo de mi soledad, a la que llamo sombra, por no despegarse de mí, por escarcharme el alma y la esperanza, que será lo último que se pierde y yo no encuentro desde hace tiempo.

Tengo miedo de acostumbrarme a los días iguales, uno tras otro, con sus negros soles y sus solas noches, sus murmullos rotos y sus enteros sigilos, su ausencia de rumbo y mis derrumbes por tu ausencia.

Y miedo, a seguir queriendo a quien no tengo, a seguir amando a quien me tiene amarrado de los cabos de mi corazón, que sale a respirar con cada una de tus palabras y se hunde con cada uno de tus silencios. 

Pero más miedo me da no tenerte cerca.

Una vez más.


Como un cardo en un campo de amapolas,

aguantando estoico la llegada de las olas

creadas por el viento,

el pasar del tiempo, las horas solas.

Esquivando, sin quererlo, las miradas cómplices,

las caricias y los besos

siempre de otro dueño,

de otra boca, otros sueños.

Transparente como el aire en invierno,

que sabes que está, porque se siente,

pero tan liviano como para olvidarlo al momento.

Con la mirada baja, al suelo,

como si no fuera a trastabillar con cada tropiezo.

Y qué tropiezos.

Caer de cara y levantarse de nuevo

para volver a caer y caer y caer…

Y empezar de cero.

Peino canas en el corazón y sacudo el polvo con cada suspiro,

aleteando las pestañas

cuando miro la distancia entre el mañana y mis ganas,

las que me tragaré con el alba,

hambriento de tus palabras.

Las que nunca llegan, nunca nunca suenan.

Y suena la melodía lenta del lamento, en este instante.

Una caída más, esta vez con sentimiento.

A la deriva.

Una depresión es como estar flotando en el mar, boca arriba, a la deriva, flotando al capricho de las corrientes. Con los oídos bajo el nivel del agua, amortiguando los sonidos y las sensaciones. Hundiéndonos con la marejada y saliendo a respirar tras el paso de cada ola, sólo para seguir un día más.

A veces abrimos los ojos para ver el sol, y las nubes correr por el cielo, y a alguna gaviota que nos haga sacar una sonrisa. Y a veces los abrimos justo para ver que se acerca tormenta y respiramos hondo, pues serán días de estar bajo el agua, dando tumbos lentamente, bailando sin quererlo, con una melodía sin música, con los sentidos cerrados al mundo.

Y si tenemos suerte, y alargamos la mano siempre habrá alguien que tire de ti hacia la superficie, incluso aunque no les conozcamos de nada. Personas roca, con faros en la mirada que te marcan el camino a tierra, con cantos de sirena que nos alejan de naufragar, que con sus palabras calman la tempestad y nos insuflan aliento en los días más aciagos.

Yo he tenido mucha fortuna, pues tengo unas cuantas personas roca, que no me dejan hundirme por el peso de la pena. Aunque yo a veces parezca empeñarme en hacerlo.

A todos vosotros, gracias.

Lullaby.

Tumbado boca arriba, desarropado, soñando con una caricia que no llega, ni siquiera del viento que deja en paz a mis cortinas por esta noche. Oyendo el falso silencio de la vida en los pueblos, donde un murmullo acompaña de fondo a mi respiración, a veces interrumpido por un perro que ladra a algo que sólo él puede percibir.

Llevo mis pensamientos a la deriva, intentando sacarlos de la corriente que me lleva hacia tu recuerdo, pero fracaso, como siempre. Ola tras ola, pestañeo tras pestañeo, tus ojos vienen a recordarme que no están conmigo, que no es posible. Y a mi corazón se le saltan los puntos con cada latido, que remiendo con otra vuelta en la cama y otra vuelta a la cabeza, hasta que vuelvas a llegar a mi imaginación.

Sueño con soñarte dormido, por no enterarme de lo que veo entonces no es real, y por creer que por un instante estarás aquí a mi lado, o de pie en un acantilado, o trazando nuevas constelaciones tirados en un prado. Con ver tu sonrisa dedicada, y dedicarte la mía, la de la ocasiones especiales que te tengo reservadas. Sonrisas añejas de tanto tiempo guardadas.

Y los párpados se me cierran al arrullo del cansancio, de esta queda canción de cuna llamada quejido, que me acompaña de noche y de día aunque no quiera escucharla.

Buenas noches.

No esperéis nada de mí.