Miedo.

Tengo miedo de dormirme por soñarte y despertar después, viendo que el peso al otro lado de mi cama no es más que el de mis anhelos. Pues soñar sale barato, que no gratis, y pasa factura. 

Tengo miedo de dejar pasar los días sin saber nada de ti, y de no dejarlos pasar sabiéndote con otro.

Tengo miedo de que llegue el otoño, y la lluvia me encuentre plantado a la puerta de un momento pasado que se repite constantemente. De que las hojas caigan al ritmo de mis suspiros, que me guardo para mí, por no asustarte y perder lo que no tenemos.

Tengo miedo de mi soledad, a la que llamo sombra, por no despegarse de mí, por escarcharme el alma y la esperanza, que será lo último que se pierde y yo no encuentro desde hace tiempo.

Tengo miedo de acostumbrarme a los días iguales, uno tras otro, con sus negros soles y sus solas noches, sus murmullos rotos y sus enteros sigilos, su ausencia de rumbo y mis derrumbes por tu ausencia.

Y miedo, a seguir queriendo a quien no tengo, a seguir amando a quien me tiene amarrado de los cabos de mi corazón, que sale a respirar con cada una de tus palabras y se hunde con cada uno de tus silencios. 

Pero más miedo me da no tenerte cerca.

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Una vez más.


Como un cardo en un campo de amapolas,

aguantando estoico la llegada de las olas

creadas por el viento,

el pasar del tiempo, las horas solas.

Esquivando, sin quererlo, las miradas cómplices,

las caricias y los besos

siempre de otro dueño,

de otra boca, otros sueños.

Transparente como el aire en invierno,

que sabes que está, porque se siente,

pero tan liviano como para olvidarlo al momento.

Con la mirada baja, al suelo,

como si no fuera a trastabillar con cada tropiezo.

Y qué tropiezos.

Caer de cara y levantarse de nuevo

para volver a caer y caer y caer…

Y empezar de cero.

Peino canas en el corazón y sacudo el polvo con cada suspiro,

aleteando las pestañas

cuando miro la distancia entre el mañana y mis ganas,

las que me tragaré con el alba,

hambriento de tus palabras.

Las que nunca llegan, nunca nunca suenan.

Y suena la melodía lenta del lamento, en este instante.

Una caída más, esta vez con sentimiento.

A la deriva.

Una depresión es como estar flotando en el mar, boca arriba, a la deriva, flotando al capricho de las corrientes. Con los oídos bajo el nivel del agua, amortiguando los sonidos y las sensaciones. Hundiéndonos con la marejada y saliendo a respirar tras el paso de cada ola, sólo para seguir un día más.

A veces abrimos los ojos para ver el sol, y las nubes correr por el cielo, y a alguna gaviota que nos haga sacar una sonrisa. Y a veces los abrimos justo para ver que se acerca tormenta y respiramos hondo, pues serán días de estar bajo el agua, dando tumbos lentamente, bailando sin quererlo, con una melodía sin música, con los sentidos cerrados al mundo.

Y si tenemos suerte, y alargamos la mano siempre habrá alguien que tire de ti hacia la superficie, incluso aunque no les conozcamos de nada. Personas roca, con faros en la mirada que te marcan el camino a tierra, con cantos de sirena que nos alejan de naufragar, que con sus palabras calman la tempestad y nos insuflan aliento en los días más aciagos.

Yo he tenido mucha fortuna, pues tengo unas cuantas personas roca, que no me dejan hundirme por el peso de la pena. Aunque yo a veces parezca empeñarme en hacerlo.

A todos vosotros, gracias.

Lullaby.

Tumbado boca arriba, desarropado, soñando con una caricia que no llega, ni siquiera del viento que deja en paz a mis cortinas por esta noche. Oyendo el falso silencio de la vida en los pueblos, donde un murmullo acompaña de fondo a mi respiración, a veces interrumpido por un perro que ladra a algo que sólo él puede percibir.

Llevo mis pensamientos a la deriva, intentando sacarlos de la corriente que me lleva hacia tu recuerdo, pero fracaso, como siempre. Ola tras ola, pestañeo tras pestañeo, tus ojos vienen a recordarme que no están conmigo, que no es posible. Y a mi corazón se le saltan los puntos con cada latido, que remiendo con otra vuelta en la cama y otra vuelta a la cabeza, hasta que vuelvas a llegar a mi imaginación.

Sueño con soñarte dormido, por no enterarme de lo que veo entonces no es real, y por creer que por un instante estarás aquí a mi lado, o de pie en un acantilado, o trazando nuevas constelaciones tirados en un prado. Con ver tu sonrisa dedicada, y dedicarte la mía, la de la ocasiones especiales que te tengo reservadas. Sonrisas añejas de tanto tiempo guardadas.

Y los párpados se me cierran al arrullo del cansancio, de esta queda canción de cuna llamada quejido, que me acompaña de noche y de día aunque no quiera escucharla.

Buenas noches.

Yo soy…

La Casa Roja está cerrada a cal y canto a la luz que le llega de fuera, de la primavera, de los días sin nubes que empiezan a arrancar amapolas del suelo y ponerlas mirando al cielo, meciéndose sin música con un ritmo que solo ellas conocen.

Tiene las persianas bajadas, como si estuviera durmiendo, esperando a que llegue y abra las ventanas de par en par, dejando que entre el aire y se le escapen los suspiros que me guarda en su interior.

Afuera, en la parcela, el romero ha florecido en una explosión controlada de pequeñas flores moradas, visitadas sin dejar ni una por las abejas y pequeños escarabajos verdes, brillantes, como joyas vivas para el ojo que sepa descubrirlos.

Espigas, cardos, flores silvestres, todos se arremolinan en los espacios donde la tierra está más suelta, donde no está el sendero de mis pasos marcado, el que hice con mis devaneos callados, mirando a mis perros ladrando a algo que no puedo discernir.

Peñas Negras estará preocupado, atisbando en la distancia si puede ver mi andar pausado, mi vista cansada, mi pensamiento esquivo y mi pelo enmarañado. Buscándome con la taza en la mano, de café, siempre café, con leche o sin ella, según tuviera o no aquel día.

La Casa roja me anhela, me necesita, para dar un sentido a sus cuatro paredes, su tejado viejo, sus ruidos sin venir a cuento, su corazón que late según el momento, sus silencios, queridos o no. Sus risas de hace tiempo, sus sueños tirados por los rincones con un dedo de polvo. Sus rincones oscuros, y los que no lo son. Sus armarios llenos de pasado, y sus cajones llenos de futuro.

¿Sabes qué? Yo soy la Casa Roja. Cerrado, callado, acallado. Soñando, durmiendo, creyendo.

Y aquí te espero, te necesito, para que me abras las ventanas, me descorras las cortinas y te recojas en mí como si yo fuera tu hogar.

Silencio

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Se oyen, a lo lejos, campanadas. Están llamando a misa, un funeral tal vez, o eso sugiere el tañido lento y quejoso. Una cabra extraviada atraviesa el paisaje y esconde la letanía de la iglesia tras el sonido de su cencerro.

Después, todo cesa. El silencio se pierde en el horizonte, que desde aquí se dibuja infinito; y se oye infinito.

No siento frío, pero el viento ulula sobre los campos y me estremezco. Todo tiembla. Las espigas se vuelven mar, olas verdes y doradas meciendo barcos sin patria a la deriva.

Como las manos de un amante, el viento me eriza la piel, me trae el olor de la tierra, la tierra negra que me ha visto crecer y que me verá morir. No siento frío. Cierro los ojos y me abandono al naufragio.

Sonrío.

El silencio es mío.

Texto: Asun Martínez Ezketa. (Esaotra)

Fotografía: Julián Lozano Real. (Cuervajo)

Proyecto: #12Fotos12Historias

Estoy listo.

 

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José abre los ojos al detenerse el carro. Respira hondo notando el frío de la mañana que le corta la cara. Baja despacio, seguido de otros tres compañeros. Anoche nevó, pero ahora un tímido sol da la sensación de calentar un poco la piel de cuero de su rostro. Con paso lento se dirige hacia la pared encalada y se recuesta en ella, con las manos detrás y vuelve a cerrar los ojos.

Recuerda que vivió no muy lejos de allí, en un pequeño pueblo a veinte kilómetros, el más pequeño de cuatro hermanos. La vida no era fácil en aquellos tiempos, y menos ahora. Salía cada mañana para ayudar a su padre, guiando las mulas hasta el campo. Sus hermanos mayores iban al lado, cabizbajos, arrebujándose en sus chaquetas raídas de pana que cubrían una camisa fina, con las manos en los sobacos para intentar calentarlas.

Recuerda las primaveras, cuando el trigo comenzaba a granar en el pequeño trozo de tierra que tenían y que había de servir de sustento para todo un año, para hacer pan, o para cambiar por algo de carne de vez en cuando. Casi puede ver el pequeño huerto que tenían en un pico de la tierra, que regaban a mano, sacando el agua de un pozo cercano de un vecino. Un poco de agua a cambio de unos tomates, alguna calabaza.

Pote de calabaza y patatas. Y pan duro. Y lo que daría por echarse incluso ahora a la boca un mendrugo de pan duro como una piedra. Y lo que daría por volver a ver los ojos de Manuela. Piensa que estará llorando seguramente sentada en la puerta de la calle, como cada día. Como le han contado.

Ay, Manuela, qué edad para quedarte viuda, amor. Qué puta vida esta, en la que los pobres son más pobres, y el amor dura lo que les dé la gana a otros. Y todo por un rumor falso sobre sus ideas políticas. Qué ideas vas a tener en un puto pueblo de cien habitantes, todos pobres como ratas, todos famélicos, si no puedes ni comer.

Abre los ojos al escuchar voces roncas, autoritarias. Cinco hombres forman delante de él, uniformados. Apenas puede verlos entre las lágrimas por el frío y los recuerdos, pero da igual. Tampoco quiere verlos. Sabe que esto acaba hoy. Mira dentro de su bolsillo del chaleco, donde guarda el reloj roto de su padre. Marca las cuatro y cuarto, pero no deben ser más de las siete y media. Una última caricia a la tapa partida antes de guardarlo de nuevo.

– Estoy listo – dice con voz serena.

 

Fotografía: Asun Martinez Ezketa. (Esaotra)

Texto: Julián Lozano Real. (Cuervajo)

Proyecto: #12Fotos12Historias

No esperéis nada de mí.